Defensa personal ¿Femenina? ¿Por qué?



En alguna ocasión me han preguntado por qué insistimos en el ámbito de las artes marciales en plantear un tipo de defensa personal específico para mujeres. Es decir, ¿por qué no sirven los mismos principios de defensa que utilizamos en el entrenamiento de la defensa personal masculina? ¿Es necesario diferenciar lo uno de lo otro?


En esta entrada intentaré abordar algunos puntos clave que nos pueden ayudar a resolver esta cuestión y aclarar el porqué de esta especificidad.


Las artes marciales, sin excepción, son métodos de defensa personal que, por múltiples motivos, tienen enfoques, filosofías, estrategias, tácticas y técnicas diferentes.


Quizá tendríamos que comenzar definiendo con claridad qué es lo que entendemos por defensa personal para, después, poner el acento en lo que esto significa dentro de cualquier sistema marcial tradicional.


Es cierto que abundan los métodos enfocados a la defensa policial, a la defensa militar y, como es el caso que nos ocupa, a la defensa femenina. Estos apartados no se desmarcan del sentido último de la práctica marcial, un sentido que consiste fundamentalmente en desarrollar formas de protegerse a través de acciones efectivas en contextos de violencia.


El motivo de que existan diferentes métodos, todos ellos con valores más que justificados, tiene mucho que ver con los diferentes contextos para los que estos se diseñaron.


Un policía se mueve en situaciones muy diferentes a las de un ciudadano normal. Lleva armas, se enfrenta a individuos armados, está expuesto una gran parte del tiempo, lleva equipo de protección, no suele ir solo, actúa con el respaldo de la ley, etc. Todas estas condiciones difieren de las de una mujer que es atacada en el aparcamiento de su edificio cuando vuelve del trabajo; no hay que ser un lince para darse cuenta de estas diferencias.


Sin embargo, sí que es cierto que los principios que deben regir cualquier método de defensa personal, cualquier arte marcial en este ámbito, suelen ser los mismos, empezando por el de la «efectividad», una efectividad que podemos interpretar como que el sistema marcial al que nos refiramos cumpla el cometido para el que ha sido diseñado.

La defensa personal consiste fundamentalmente en desarrollar formas de protegerse a través de acciones efectivas en contextos de violencia

La efectividad de un método depende de muchos factores. De todos ellos, uno de los más relevantes es el sujeto que lo aplica. Igualmente, las características del método son determinantes en la medida en que se ajustan a los supuestos de acción para los que pretenden ser la solución.


Para lograr la tan ansiada efectividad es necesario el desarrollo de ciertas capacidades como son la observación, la anticipación, la capacidad de decisión, un enfoque estratégico, táctico y técnico interiorizado, voluntad de supervivencia, control emocional, fuerza, velocidad, resistencia, inteligencia y otra serie de cualidades y capacidades que pueden y deben ser entrenadas.



Es evidente que una gran parte de estas cualidades se entrenan del mismo modo tanto por hombres como por mujeres, sin embargo, otras no. Veamos a qué me refiero.


Aunque no nos guste mucho, para cualquier valoración general de los métodos tenemos que basarnos en datos estadísticos. Las mujeres pesan, de media, alrededor de 10 kg menos que los hombres y tienen entre 4 y 6 kg más de grasa, insisto, según las estadísticas. Por su puesto hay de todo en la viña, pero los métodos suelen apuntar a órdenes generales que pueden ser afinados en circunstancias específicas.


Su altura media es entre 7 y 10 cm inferior a la del hombre. Estructuralmente el hombre tienes una mayor masa muscular, con una envergadura superior en extremidades y, debido a la separación de sus hombros, un torso más grande que el de las mujeres.


Aunque esto son solo datos generales, tenemos que mencionarlos para comprender el motivo del déficit mecánico general de las mujeres para desarrollar tanta fuerza como los hombres. Por otro lado, las mujeres son en torno a un 10% más elásticas y flexibles que los hombres. Una característica que a muchos hombres les cuesta sangre, sudor y lágrimas desarrollar.


En el ámbito hormonal, factor clave en el desarrollo muscular y de las cualidades vinculadas a este apartado, está demostrada la interferencia que provocan los estrógenos en el crecimiento muscular; así como el incremento de la grasa corporal que conlleva su mayor presencia en la mujer. El déficit de testosterona con respecto al hombre es enorme. Algunos estudios lo sitúan en una décima parte de lo que presenta de media el hombre, algo que se muestra en la imposibilidad de desarrollar la misma fuerza y el mismo tamaño muscular que los hombres en determinados grupos musculares.

Si ponemos atención en la distribución corporal del tejido magro, veremos que las mujeres, en general, tienen una menor proporción de este volumen en la parte superior del cuerpo que los hombres. Ver estudio…


Toda esta información resulta de gran utilidad a la hora de analizar el diseño de los métodos de entrenamiento marcial. No nos referimos a la idea de entrenar menos una parte del cuerpo que otra, hablamos de enfocar potencialmente el entrenamiento de la fuerza, por ejemplo, hacia los grupos musculares con más posibilidades de desarrollar la fuerza máxima (en este caso las piernas). Parece evidente que el enfoque táctico y técnico del adiestramiento para el combate, en el caso de las mujeres, debería fluir hacia esos apartados.

las mujeres son en torno a un 10% más elásticas y flexibles que los hombres

Aunque los estudios sobre la menor fatigabilidad de las mujeres respecto a la de los hombres, en determinados tipos de esfuerzo, no son muy precisos (ver estudio…), parece que la mayoría de ellos concluyen en que las mujeres se fatigan menos en contracciones isométricas que los hombres. Uno de los motivos de esta menor fatigabilidad radica en que, en general, las mujeres presentan una mayor proporción de fibras lentas con respecto a los hombres.


Recordemos que las fibras de contracción lenta, o Tipo I, son aquellas que participan mayoritariamente en trabajos de larga duración (fondo, maratón, ciclismo, triatlón, etc.) Tienen una mayor densidad mitocondrial y una velocidad de contracción menos explosiva que las fibras de tipo II. Este detalle es de gran importancia porque también nos señala un punto que se debe tener en cuenta a la hora de diseñar el entrenamiento de las cualidades físicas en la mujer, en concreto la velocidad y la potencia.


No se trata de dejar de trabajar elementos, sino de ser prácticos y poner el acento en aquellos con mayor capacidad de desarrollo en el menor tiempo posible.

Está demostrado que las mujeres poseen un área proporcional mayor de las fibras lentas (tipo I) que los hombres en varios músculos clave. (Simoneau y Bouchard, 1989, Esbjornsson-Liljedahl et al., 1999, Staron et al., 2000, Carter et al., 2001b, Porter et al., 2002, Roepstorff et al., 2006, Welle et al., 2008).


Un gran número de estudios demuestran igualmente que los hombres tienen fibras de mayor tamaño que las mujeres en la mayoría de los tipos y muestran un área de corte transversal proporcionalmente mayor de las fibras tipo II en el bíceps braquial, el vasto lateral y el tibial anterior (Alway et al., 1989, Simoneau y Bouchard, 1989, Staron et al., 2000, Carter et al., 2001b, Porter et al., 2002).


Por lo tanto, dado que las mujeres jóvenes poseen un área proporcional mayor de fibras tipo I en comparación con los hombres, así como músculos proporcionalmente más pequeños y menos fuertes, el enfoque técnico debe decantarse por elementos anatómicos y cualidades físicas que permitan una mayor potencia de combate dentro de su verdadera entrenabilidad. Quizá un tipo de entrenamiento que permita una mayor coordinación muscular en las cadenas musculares implicadas en la acción, con la intención de sumar músculos más que agrandar los directamente implicados.


Por otro lado, las mujeres presentan una menor capacidad de transportar el oxígeno dado su menor número de hematíes con una caja torácica media menor que la del hombre. Esta menor cantidad de hematíes y unos pulmones más pequeños, con menor cantidad de tejido, hacen que su capacidad de ventilación sea menor que la del hombre. Esta menor capacidad de ventilación obliga a mantener en el ejercicio una frecuencia respiratoria mayor y, en consecuencia, una actividad cardiaca por encima de la masculina para el mismo tipo de acciones.


No podemos desvincular la técnica de las cualidades potencialmente entrenables ya que se trata de un binomio indisoluble. Sin suficiente velocidad, fuerza o potencia, es muy probable que nada de lo que planteamos a nivel táctico o técnico funcione de forma óptima. Por este motivo, el apartado de desarrollo físico específico e individualizado es tan importante dentro del marco del entrenamiento marcial femenino.


Podemos definir, por lo tanto, el entrenamiento de la defensa personal femenina como el entrenamiento de un sistema que contempla todos estos elementos para, en su diseño, dar prioridad a aquellas estructuras estratégicas, tácticas y técnicas que, atendiendo a los potenciales naturales de la entrenada, le permitan un mayor desarrollo de la efectividad en situaciones reales de conflicto físico.

No podemos desvincular la técnica de las cualidades potencialmente entrenables

Parece lógico pensar que si las mujeres, de media, pueden desarrollar de forma altamente efectiva la musculatura de las piernas, son más elásticas y flexibles que los hombres y disponen del 100% de todas las restantes cualidades de tipo cognitivo, neuromuscular o emocional, entre otras muchas, una parte del enfoque del sistema se centre en estos ejes.


En las próximas entradas analizaremos con más detalles los elementos entrenables en el ámbito técnico de la defensa personal femenina y algunos conceptos clave que nunca se deben olvidar sobre los diferentes escenarios en los que este tipo de acciones tienen sentido de efectividad.


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